domingo, 4 de diciembre de 2011

RECITAL. LAURA CASIELLES Y JOSÉ MARÍA GÓMEZ VALERO

Lunes, 5 de diciembre
20:00, en la Sala de Conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto, Gijón.

Un lujo.
Recital conjunto de Laura Casielles y José María Gómez Valero.

lunes, 3 de octubre de 2011

VÍCTOR SIERRA. SEIS DE CORAZONES

En esta noche
donde no puedes escapar de la noche
porque hasta tus dientes se llaman noche
agarra mi mano

De Garabato. Scythecut

(Garabato es un libro lugar de culto escrito por Víctor entre el 2006 y el 2008.
La foto se tomó en el Cantábrico, otro sitio de culto.
Víctor es el de la boina. A su lado Ignacio Elola)

jueves, 23 de junio de 2011

JUAN LUIS PANERO. FELIPE BENÍTEZ REYES. NOCHE DE SAN JUAN

NOCHE DE SAN JUAN

Anticuado, interrogo a las estrellas,
su desnudo, inapelable misterio,
mientras miro las llamas en la playa,
en esta noche cuando empieza el verano.
Lector de Drieu o Pavese, sé también
lo sencillo que puede ser acabar con la historia,
no preguntar ya nada, olvidar para siempre
esta apariencia de tarjeta postal.
Frente a mí, imperturbables, desveladas,
pasan, en silencio, vida y muerte,
evitando, con un rictus cansado,
este fantasma insomne, este papel en blanco,
esta hoguera apagada que perdura.

Juan Luis Panero

NOCHE DE SAN JUAN

Qué secreta y hermosa
es la noche festiva para aquel
que no tiene pasado: un tiempo frío
dentro del corazón.
Qué exacta noche
de fuego y juventud.
Qué diferente
ya de cuando éramos
aquellos que en la sombra
furtivos se besaban y reían.
Las muchachas se obsequian como entonces
y los amigos beben en una copa igual
a la que ya apuramos cuando fuimos
como estos que ahora se adueñan de la vida.

Felipe Benítez Reyes. 

domingo, 5 de junio de 2011

CRÓNICA. BAR CANTÁBRICO, VIERNES, 3 DE JUNIO DE 2011


DUELO EN EL FANGO EN SEGUNDA CONVOCATORIA

Partido rugiente y tenebroso el disputado en la tarde noche del viernes en el Bar Cantábrico, amén de caótico y frustrante. Como diría Miguel “el vasco”: La poesía está hecha una mierda. El que no se limita a juntar palabras presumiblemente hermosas sin profundizar en algún sentimiento o motivo, ahonda tanto que no hay Dios que lo entienda. Grandes y claros ejemplos de ello vimos en este partido en el que el disfraz de las palabras no lograban ocultar el rostro de ideas mucho mejor contadas centenares de veces, o peor aún, los desesperados intentos de mostrar originalidad, que suelen acabar confundiendo las ocurrencias con el arte. Algo de literatura se vio, no obstante, aunque fue aplacada sin piedad. Esto es de agradecer ya que así nadie llega a hacerse falsas ilusiones y antes de que surja la pregunta sobre si esa jugada terminará en gol, ya se encargó el abanderado censor de guardia en la banda de señalar juego peligroso o peligro a secas.

Y es que este innovador deporte de mesa de chigre y amigable encuentro, cada vez tiene menos de innovador y se va pareciendo más a las solemnes y recias instituciones como la FIFA o, permítanme el atrevimiento, a la mismísima Naciones Unidas. Se le exigen cambios que favorezcan el espectáculo y la justicia en el juego, y prohíben sacarse la camiseta del pantalón, o en nuestro caso, se permite la repetición de autor y hasta de obra, lo que resultaría cómico sino fuera tan insultante. Así y todo cada participante es libre de exponer las ideas y cambios que se le ocurran, puede cursarse una instancia oficial o promover una recogida de firmas, todo lo que se quiera, que ya vendrán luego los socios fundadores, los países con derecho a veto, para poner las cosas en su sitio, en el que ya estaban.

En lo estrictamente deportivo, el encuentro fue de lo nunca visto. Jugadores Guadiana que aparecían y desaparecían misteriosamente, libros que jugaban solos y muchas e interminables pausas que cortaban el ritmo del juego. El prau estaba en pésimas condiciones, así que sólo aquellos capaces de levantar un poco el balón y la cabeza tuvieron opciones de acercarse al área contraria, pero las férreas defensas desbarataron cualquier intento de gol. Fútbol de patadón y tente tieso es lo que vimos, de pillar la matricula, o del jugador o el libro pero los dos no pasan. Aparecieron los intentos de coacción y de intimidación con frases como: “este poema es un clásico”, o, “vaya buenu que ye esti tío”, algo que no engañó a nadie. Si al menos hubieran intentado un bonito y generoso soborno probablemente habría sido acogido con vítores y palmas.

En definitiva, que el escaso público asistente (Marcos) se aburrió como una ostra con el fútbol ofrecido. Menos mal que la simpatía innata de los presentes hace ameno estos encuentros más allá de la disputa deportiva.

ANÁLISIS INDIVIDUAL

Carlinos: Sorprendió a los presentes por su humildad y con Joan Margarit, con el que a punto estuvo de marcar al menos un gol, pero la pareja de centrales, Alfredo y Coque, desbarataron sus intentonas sin contemplación alguna. Más previsible se mostró a la hora de otorgar validez a las jugadas ajenas, donde hizo buena la máxima de que menos es más.

Fermo: Jugar con L. M. Panero quizá no fue una buena elección, habida cuenta de cómo fue recibida su aportación antes incluso de iniciarse la contienda, que lo dejó poco menos que desahuciado. Una entrada a destiempo a mitad de partido hizo que tuviera que retirarse del terreno de juego tras ser atendido largo tiempo en la banda por los servicios médicos. En lo que estuvo, intentó jugadas de mérito, o casi.

Alba: Notable debut, pleno de entusiasmo y arrojo. Se le notó la inactividad y su fútbol resultó irregular. Destacó más por su conversación y natural simpatía que por las habilidades de su extremo peruano, Eduardo Chirinos, que evidenció una preocupante falta de adaptación, o viceversa. Su mejor lance fue hacia el final del encuentro donde a punto estuvo de sorprender a la zaga local, pero ya era tarde para regalos.

Nacho King: La decepción de la noche. Se esperaba mucho más de él. Un jugador de su categoría, que busca en cada palabra su particular Bosón de Higgs, no puede jugar un partido tan anodino como el de esta noche, sin interés, sin mordiente. Hay que adorarlo o defenestrarlo, pero tiene que movernos a algo. Vicente Gallego no estuvo a la altura. Aún así, el premio Alvear a la deportividad se lo lleva un partido tras otro.

Coque: Un quiero y no puedo. Un Robinho y un Cristiano hechos uno y lanzados como fuegos de artificio. Raymond Carver abusa de la bicicleta y de sus alardes técnicos indudables, pero acaba disparando flojito y a las manos del guardameta desde fuera del área porque le falta profundidad y regate. Tiene su público, que suele estar ubicado en la galería.

Alfredo: El oportunismo hecho hombre. Aparecer con Leonard Cohen la misma semana que le dan el premio Príncipe, es de un ventajismo intolerable y así se lo hizo saber la concurrencia con una anulación tras otra. La culpa acabó siendo del traductor después de que no cuajara su intentona por hacernos pasar por mentecatos, que probablemente lo seamos, algunos, pero no era el caso. Como defensa de cierre es todo un hacha desbaratando una ocasión tras otra. En su haber hay que apuntar que sí, que anula goles con tanta soltura que ya ni se molesta en preguntar quién es el autor de la jugada, pero lo contrarresta con invitaciones generales a cerveza, algo muy del gusto de los convocados.

Martín: El azote de la formalidad. Un Cholo Dindurra, un George Best, un Mágico González, un hoy juego la de Dios y mañana me rasco la barriga, y pasado, y al otro, y al otro. Tuvo tan buen gusto como feo gesto de participar con el libro de Nacho Rey, lo que le hizo acreedor de los primeros silbidos del respetable y del momentáneo secuestro de la obra por parte del autor. Falto de forma y de fondo, fue sustituido mediado el primer tiempo.

María: Entró por Martín y dotó al juego de un nuevo brío, no necesariamente mejor, pero nuevo y más ágil. Si trasladara su encanto personal al juego sería imparable, pero este viernes, con Francisco A. Velasco, jugó un fútbol opaco y lleno de imprecisiones en el centro del campo. No expuso a riesgos innecesarios su portería, pero sin correr riesgos, sin una triste triangulación o una simple pared, es muy complicado marcar goles.
Mato: El Guadina. Apareció con el partido empezado y se fue tras un par de jugadas. Alguien lo engañó y le dio para jugar a Manuel Alcántara (el primo de Miguel, según algunos), que fue el autor del único gol en el partido anterior. Estaba condenado al fracaso y lo alcanzó con notable éxito.

Rafa: No hizo mal partido, pero se limitó a cumplir el expediente. Falla pocos pases y no pierde el balón, pero juega siempre en corto y no encara al rival ni pisa el área contraria. Hay que reconocerle su fútbol ambicioso y que no mira mucho para la defensa, pero adolece de resolución a la hora de finalizar la jugada. Laura Casielles fue una apuesta digna que no alcanzó a destacar.

Juancho: El mejor en lo poco que jugó con Alfonsina Storni. Fútbol vertical, buscando la espalda del contrario y aprovechando los huecos, con profundidad y sentido. Un fútbol sencillo pero brillante. Fue protagonista de un gol fantasma. Lástima que está tan fuera de punto, pero en su descargo podemos achacarlo al jet-lag o al gin-lag .

Charly: Incomprendido. De la mano de Carlos Núñez (miembro de Les Luthiers), ofreció un fútbol pleno de exquisiteces y de recursos técnicos, entretenido y variado, pero no encontró la recompensa del gol. A punto estuvo de marcar pero cuando el meta ya estaba batido, apareció milagrosamente al cruce Coque que de un patadón sacó el esférico del campo. No es fácil marcar en un estadio repleto de versilibristas con un jugador que no sólo ofrece rima y métrica, sino que además hace alarde en cada jugada de un recurso estilístico diferente. Demasiadas exigencias para quienes les cuesta rellenar renglones.

Al final empate a cero y todos descontentos.

jueves, 26 de mayo de 2011

JOHN KEATS. CARTA A JOHN HAMILTON REYNOLDS

[(...) I was led into these thoughts, my dear Reynolds, by the beauty of the morning operating on a sense of Idleness - I have not read any books - the Morning said I was right - I had no idea but of the morning, and the thrush said I was right - seeming to say,]

O thou whose face hath felt the Winter's wind,
Whose eye has seen the snow-clouds hung in mist,
And the black elm-tops 'mong the freezing stars,
To thee the Spring will be a harvest-time.

O thou, whose only book has been the light
Of supreme darkness which thou feddest on
Night after night when Phoebus was away,
To thee the Spring shall be a triple morn.

O fret not after knowledge - I have none,
And yet my song comes native with the warmth.
O fret not after knowledge - I have none,

And yet the Evening listens. He who saddens
At thought of idleness cannot be idle,
And he's awake who thinks himself asleep.

John Keats, Excerpt from a letter to John Hamilton Reynolds, February 18th, 1818.

[De una carta a John Hamilton Reynolds, jueves 18 de febrero de 1818: «Me vi llevado a esos pensamientos, mi querido Reynolds, por la belleza de la mañana, que producía una sensación de pereza: no he leído ningún libro; la mañana dijo que estaba bien; no tenía otra idea sino la de la mañana, y el tordo dijo que yo tenía razón, pareciendo decir...»]

Tú, que el viento invernal has sentido en tu rostro
y has visto entre la niebla de las nubes de la nieve
y negros olmos entre estrellas ateridas:
para ti primavera será la temporada

de cosecha; tú, cuyo solo libro es la luz
de la suprema sombra de que te alimentaste,
noche tras noche, cuando estaba ausente Febo:
para ti primavera será una triple aurora.

No te inquiete el saber: yo no tengo ninguno,
pero mi canto surge, natural, al calor;
no te inquiete el saber: yo no tengo ninguno,

y el ocaso me escucha. Aquel que se entristece
al pensar en el ocio, no debe estar ocioso,
y está despierto aquel que se cree dormido.


(Trad. José María Valverde).

viernes, 13 de mayo de 2011

FRANCISCO UMBRAL. FRAGMENTO DE MORTAL Y ROSA

[...] Estoy viendo vivir a una esfericidad. Glúteo y culo son palabras que le van bien. Esa aglomeración de la ele y la u acentuada compone bien la elasticidad, la dureza de lo que se quiere sugerir. Estoy viendo vivir a una esfericidad. A veces ocurre que vas por la calle y la esfericidad se te pone delante. Ella va con su pantalón ceñido, generalmente rojo, y ni siquiera es necesario verle la cara para saber que la tiene adoradamente vulgar, con el pelo marrón corriente, los ojos grandes, pero no profundos, la nariz pequeña y la boca descarada. Una muchacha. Al principio, la esfericidad camina delante de nosotros, reparamos en ella varias veces, pero seguimos con nuestros pensamientos. Hasta que decidimos seguirla.

En la media tarde, solitario por la ciudad, como otras veces, estoy viendo vivir a una esfericidad. Esa aglomeración de eles y úes, esa elasticidad, esa manera de combarse y de vivir que tiene el cuerpo de la mujer. Naturalmente, no pienso acercarme a la muchacha, ni hablarle. Pasaron aquellos tiempos. Sería un mal negocio, por otra parte. De lo que se trata es de seguir sus pasos, de ver cómo va y cómo viene eso, como salta un poco dentro del pantalón. A la mujer que llevamos a nuestro lado no la vemos bien. La ven mejor los que van por la calle, los que se cruzan con nosotros, los que vienen detrás, sobre todo los que vienen detrás.

De modo que decido ser quien viene detrás. Esto es el arte por el arte, mirar por mirar, seguir por seguir. No tendría nada que decirle a la muchacha, salvo algunas imágenes literarias sobre sus esfericidades posteriores, y esto no iba a entenderlo. Quizá llamaría a un guardia, que tampoco iba a entenderlo.

El desinterés, el platonismo, la gracia de todo esto es que la siga un rato, que siga a esa esfericidad, que la vea subir escaleras mecánicas de grandes almacenes, doblarse por la mitad modelando el pantalón, apresurarse en los pasos de peatones, aparecer y desaparecer entre la gente. La esfericidad es perfecta, ni alta ni baja, más bien alta, en todo caso, con relación a la cintura, y más alta aún cuando salta un poco en los andares. La esfericidad es esférica, no alargada, no abombada, y está más cerca de la manzana que de la pera, como debe ser. Dos frescas mitades de manzanas, dijo el poeta.

Es la hora de la media tarde, la hora en que yo debiera estar viajando en ese cometa quieto que es el cóctel de cada atardecer, con su cola de luces y damas, de copas y risas, gozando de lo que llamaremos mi pequeña gloria literaria. O sea, lo que me corresponde, aquello a lo que tengo derecho. Uno ha trabajado, ha hecho unos libros, unos artículos, unas cosas. Uno ha tenido constancia, paciencia. Uno debiera estar ahora recaudando todo eso, recibiendo sonrisas, felicitaciones, parabienes, el beso húmedo y falso de la gloria, la copa venenosa de la fama, el picoteo malicioso de la popularidad. Uno ha sido tan estúpidamente paciente como para perder el tiempo y la vida en fabricar rectángulos impresos de grosor variable, nunca con más entidad que una caja de puros llena. Uno podría ir ahora por la vida repartiendo y recibiendo puros.

A la mierda con todo.

Uno está aquí, en mitad de la calle, en invierno, cuando cae la tarde en la ciudad, lejos de la dorada y lamentable galaxia que le corresponde, viendo vivir a una esfericidad. A lo mejor me compro un cucurucho de castañas, y el papel de periódico se calienta en mis manos con el calor de las castañas, y la tipografía atrasada y mentirosa se recrudece, y todo me huele a tinta impresa, que es al fin y al cabo el olor de mi vida, de mi trabajo, y las castañas asadas me huelen a infancia, que es mi única verdad.

Como castañas y me alegro cuando no me salen podridas o locas. Como castañas y voy detrás de la esfericidad, y atravesamos, la muchacha y yo, uno detrás del otro – procuro que ella ni siquiera me advierta -, almacenes, tiendas, escaleras, metros, calles, cafeterías. Sólo quiero ver una vez más el prodigio de una adolescencia que se redondea y canta, la vida nerviosa y dura, ese lujo innecesario de la vida que es el cuerpo de la mujer, de la niña, esa curvatura ociosa, perturbadora por gratuita, que tiene de pronto la criatura, un adorno, un asa de la naturaleza que no sirve para nada, que no contribuye a la marcha de las especies ni al comercio de las mercancías. Pero que va siendo una de las pocas verdades diarias y ciertas que atisbo en el disparate del vivir. Como castañas como otras veces voy con una barra de pan en la mano. Llevo un cucurucho de castañas en alto como algunos mediodías llevo el pan, la barra dorada en el día azul. Magritte, que era un surrealista modesto y genial, belga e iluminado, pintaba barras de pan voladoras por el cielo azul.

Me siento un Magritte, un personaje de Magritte, un cuadro de Magritte cuando voy con mi barra de pan a través del mediodía, como con una lanza de oro obrero para arremeter contra los gules del cielo. Vivo dentro de un cuadro de Magritte y soy el vecino que pasa, me fisgo a mí mismo en los escaparates y el pan que llevo en la mano me emparenta con el pan que iba a comprar en la infancia, porque el pan siempre es el mismo, y vuelvo a ser aquel chico que hacía recados. En lugar de la gloria literaria del mediodía, ir a comprar el pan y pasearlo por la calle, como se pasea un periódico doblado, porque la barra de pan es el periódico de la panadería y trae las últimas noticias de lo que pasa en la tahona. En lugar de la gloria literaria del atardecer, un duro de castañas y el ver venir a esa esfericidad, no porque yo haya renunciado a nada, ni porque hubiese nada a lo que renunciar, sino porque yo soy el hombre de la calle, el señor que pasa, ése que yo veía pasar de niño.

De niño, yo veía pasar a un señor tranquilo, en el atardecer, sin prisa, dueño de sí, y le envidiaba, y quería llegar a ser aquel señor, y creo que ya he llegado o estoy llegando. O sea, que todo consiste en lograr esa despreocupación, esa facundia, esa indiferencia, ese dejarse llevar por el oleaje manso de la ciudad en el anochecer, a ver qué pasa. Con una barra de pan en la mano, poniendo oro en el escudo del mediodía, o con un oscuro revoltijo de castañas en la noche, echando humo, me libero del gran error literario y estoy viviendo vivir a esa esfericidad.

Cruzamos luces, noches, esquinas, gentes, y esa doble esfericidad, o esfericidad partida por dos, según los momentos, tiene gracia, agilidad, nerviosismo, altura, juventud, optimismo y alegría. Es conveniente que el pantalón sea rojo, y que ella haya salido a cuerpo, a pesar del frío, y que el pantalón le esté ceñido, ajustado. Lo que le imagino cuando anda, y el movimiento selvático que le imagino cuando se detiene y reposa. En fin, lo demás lo hace la locomoción. Y la inmovilidad escultórica abundancia correcta y graciosa de la vida. Nada más que eso. No quisiera hablar con la muchacha, ya digo. Seguramente iba a decepcionarme, pero tampoco es por eso. Ni siquiera le he visto la cara, apenas. Sólo el perfil, en algún momento, el ojo bosquimano en el rabillo pintado. Aunque la chica fuera genial. Qué pena si fuera genial. Sólo quiero ver vivir dos masas de vida que cantan en libertad, gemelas, parejas, armónicas, imprevisibles.

Todo lo más, le haría a la niña las uñas de los pies. Y me pregunto si alguna vez le he hecho las uñas de lo pies a una mujer. No sé. Lo he vivido o lo he soñado. Lo he leído o lo he imaginado. Tomar sus pies blancos, de una materia pueril y saludable, hacer algo con aquellas uñas. Pintarlas, cortarlas, no sé.

Acariciar el pie, el pequeño animal, la bestia muda y breve, la alimaña graciosa con sus cinco armas breves. Sólo eso. Los pies de una muchacha, cuatro dedos como cuatro niños dormidos. Un dedo que se quiere más adulto y agresivo, un dedo efébico, con algo del torso desnudo de no sé qué adolescente. Y la coraza de la uña. Un pie de muchacha. Esta muchacha, su prisa, el momento en que desaparecerá de mi vista, para siempre, o el momento en que dejaré de seguirla, sin cansancio ni razón para ello. Qué bien, lejos de la astronomía convencional de las fiestas literarias. Qué lejos del que creen que soy, del que esperan, del que conocen, del que aman, del que odian. Qué bien lejos de mí, de ese en el que torpemente me he convertido. Cómo se aleja, cantando en rojo, esa esfericidad. Los surrealistas creían en el vagar por la ciudad y en el encuentro mágico de la mujer. A mí me basta con la mujer de espalda. Ni siquiera he necesitado verla de frente. Cómo se aleja, viviente y pugnaz, esa grupa de muchacha. [...]

De Mortal y Rosa, 1975.

lunes, 2 de mayo de 2011

PARADISISTAS

JOSÉ LUIS ARGÜELLES en La Nueva España


Borges intuyó en el orden y la promesa de los volúmenes de la biblioteca una posible imagen del paraíso. El símbolo y la metáfora podrían servirnos también para nombrar algunas librerías en las que somos bienaventurados y en donde encontramos, por seguir con el tropo, un nuevo jardín de las delicias. Paradiso, ahí mismo, en la calle de la Merced, número 28, es uno de esos espacios que el buen lector hace suyos nada más cruzar la amena puerta que conduce -y sigo con la literatura, como no podría ser de otro modo- a la gruta del tesoro. Paraíso o paradiso (Dante y Lezama Lima por el medio) que en este caso gijonés custodian desde hace tres décadas y media José Luis Álvarez y Chema Castañón, ángeles libreros a los que acabamos de conceder con toda justicia y merecimiento el premio «María Elvira Muñiz» a la promoción de la lectura.

Rara vez un librero -especie en extinción- se lleva los galardones que el mundo cultural reserva para escritores, periodistas, editores y demás gallos de la pluma. Y, sin embargo, son los grandes mediadores en el viaje de los textos; quienes trazan pistas para abrirnos un camino en la espesura de las novedades, donde es tan fácil perderse entre tanta hojarasca; los oficiantes, en fin, de esa maravillosa liturgia que consiste en poner un libro en las manos de alguien, conocido o desconocido. El noble oficio en el que José Luis Álvarez y Chema Castañón han insistido y persistido pese a que, como todos sabemos, corren malos tiempos no sólo para la lírica, también para la épica.

La aventura un tanto quijotesca, y por tanto extraordinaria, de «Paradiso» arrancó allá por el mes de abril (no siempre cruel, pese a que Eliot afirme lo contrario en memorable verso) de 1976, cuando la Transición política española era un albur de bastos y espadas. José Luis Álvarez, recién licenciado en Ciencias de la Información, decidió abrir una librería en Cimavilla, el barrio castizo de Gijón. No le tentaba demasiado el porvenir profesional que le ofrecía su titulación universitaria o el paso por un aserradero del que estuvo a punto de hacerse cargo. Lo que le gustaban eran los libros y los discos, las largas conversaciones con la profusa grey antifranquista (libertarios y la casi interminable fauna marxista: «peceros», troskistas, maoístas...) que oteaba el horizonte y deseaba un cambio de usos y costumbres.

Así, con la ayuda de un puñado de amigos, levantó la primera sede de Paradiso, en la calle Castro Romano, al lado del viejo y desaparecido cine Brisamar. Empezó solo y aún recuerda, treinta y cinco años después, que aquellos inicios fueron duros, como los de los sacerdocios más exigentes. A veces se sentía como un estilita en la roca solitaria del barrio alto, por donde no pasaba ni Dios. Por fortuna, también su fe movió montañas. El milagro fue la proyección en el recordado Brisamar de «La naranja mecánica», aquella profética película con la que el genial Kubrick, siguiendo la novela de Burgess, nos avisó de muchas cosas que llegarían poco después. Pues bien, el filme llevó a cientos de jóvenes hasta las cuestas de Cimavilla. Mientras hacían cola, curioseaban en el escaparate y en la librería. Allí había títulos que les interesaban.

Fue así como José Luis Álvarez se hizo una primera clientela, más bien ácrata y roja, conectada con el incipiente «underground» gijonés y asturiano. No en vano, el nombre de su establecimiento portaba un doble guiño: el mítico Paradiso de Amsterdam y las barrocas páginas por las que transita José Cemí, trasunto de Lezama. Para entonces, el fundador de la librería ya le había echado el ojo a Chema Castañón, hijo del escritor Luciano Castañón, un joven a punto de licenciarse en Filosofía y Letras que parecía llevar una biblioteca (el paraíso borgiano) en su bien amueblada y un tanto despeinada cabeza. Y, también, a un hermoso local de la calle de la Merced en el que los techos altos daban incluso para un singular altillo en el que poner más y más libros. La aventura se complicaba, crecía, se hacía más intensa.

José Luis Álvarez esperó a que Chema Castañón, su complementario, acabara el servicio militar y lo incorporó de mil amores a la nueva Paradiso, donde también hubo un hueco, a la entrada y a mano derecha, para los ejemplares de lance. Llegó a tener hasta cuatro empleados. El cierre de Musidora, los bulliciosos años ochenta, con tanto por escuchar y leer, además del movimiento «Xixón Sound» que vino después, hicieron de la librería uno de los paisajes sin los que es imposible entender, en toda su complejidad y profundidad, la foto más interesante de esta ciudad. Hay quien me ha dicho, sin que a mí me extrañe, que es una de las cosas que echa de menos cuando está fuera de Gijón.

Gran parte del éxito de esta librería, que ha resistido los embates de las grandes superficies comerciales y de algunos sellos libreros poderosos, está sin duda en la asociación Álvarez-Castañón, esa extraña pareja que ha sabido hacer de su plácida convivencia profesional un ejercicio de amistad y servicio a sus muchos y fieles clientes. Esto que digo parece un anuncio, o publicidad nada encubierta, pero es así. Junto a los desvaídos retratos de los maestros que nos miran desde las estanterías (de Machado a Rimbaud, de Kakfa a Cavafis) velan estos libreros la luz de Paradiso.

martes, 26 de abril de 2011

MARIANO PEYROU. UNA MONEDA PARA LOS MÚSICOS

Que levanten la mano los que estén a favor
de no viajar nunca a ningún lado. Aquí
huele a hierba recién cortada y el clima
cambia con rapidez. Si uno se queda en casa
con suficiente insistencia, la escalera
puede llegar al extranjero, por no mencionar
que estoy oyendo hablar en alemán ni
las exposiciones itinerantes. Han vaciado el
lago, todo es diferente excepto el lago, que
sigue siendo una enorme extensión homogénea
pero de tierra. Cambia el paisaje. Las estatuas son
diferentes, los árboles, la gente, y sobre todo
las barcas. Ya deberías ponerte la camisa.

De Estudio de lo visible, 2007.

jueves, 31 de marzo de 2011

ANÓNIMO. CARACOLES ME PIDE LA NIÑA

Caracoles me pide la niña,
y pídelos cada día
.

De una vez que la tacaña
los caracoles comió,
tal gusto el manjar le dio,
que por él se desentraña:
y con inquietud extraña,
diversas veces repite
que no hay cosa que así quite
toda su melancolía,
y pídelos cada día.

Si ella viese cuando estriba
en su concha el caracol,
y saca suspenso al sol
sus cuernos y frente altiva,
y, dando espuma y saliva,
se despega y desanuda,
para mí no tengo duda
de que lo aborrecería.
y pídelos cada día.

Yo no sé qué nuevo efeto
puede hacer este manjar,
que al gusto del paladar
de la niña es tan aceto;
ella sabe este secreto,
pues cuando la persuado
que no es carne ni pescado,
ella que es carne porfía,
y pídelos cada día.

Si es carne, como ella mesma
lo confiesa, la mocosa,
¿cómo es ella tan golosa
de comellos en Cuaresma?
Dice que el padre Ledesma
le mandó, en penitencia,
los comiese con decencia
los sábados si quería,
y pídelos cada día.

Aunque comida viscosa
y que engendra opilación,
danle más satisfación
por ser la salsa sabrosa;
y la causan a la Rosa,
cuando para su gobierno
sacan un palmo de cuerno,
gran consuelo y alegría,
y pídelos cada día.

Reprehéndela su madre
cuando se los ve comer;
dice que no halla, a su ver,
regalo que ansí le cuadre,
y que, a pesar de su padre,
aunque la mate y la riña,
poblará dellos la niña
su sotillo y pradería,
y pídelos cada día.

Si la niña está con pena,
con tristeza y con enojo,
para alegrarle el ojo
dénselos después de cena,
porque sustancia tan buena
no la probó en su vida;
por ellos anda perdida
si son frescos y en cuantía,
y pídelos cada día.

De Poesía lírica del siglo de oro, edición de Elías L. Rivers, Ediciones Cátedra, Madrid, 1997.

domingo, 13 de marzo de 2011

LAURA CASIELLES. MODALES A LA FUGA

Aguarda.
No puedes irte así.
Tienes que esperar
a saber no hacer ruido.
Coger un vaso de agua en una mano
y una luz en la otra
y mirarme dormir.
Después
podrás marcharte
como las aves y los niños,
acariciando al pasar
una sombra
y dejando en las puertas regalos de hambre para el amanecer.

Cuando llegues a tu destino
enviarás postales que digan
que allí todo es hermoso,
que no hace tanto calor como decían.
que has encontrado una casa de musgo
y un amor, y que el mar está en calma.

Las cosas seguirán su lento curso.

De Los idiomas comunes. Poesía Hiperión, Madrid, 2010. XIII Premio de Poesía Joven "Antonio Carvajal".

miércoles, 2 de marzo de 2011

RAINER MARIA RILKE. LA PANTERA

De ver pasar barrotes su mirada
se ha cansado tanto que no ve ya nada.
Le parece que hubiera mil barrotes
y tras los mil barrotes ningún mundo.

El lento andar de firmes pasos blandos,
que giran en torno al círculo más mínimo,
es un baile de fuerza en torno a un centro
en que hay, aturdido, un gran deseo.

A veces se alza el telón de la pupila,
sin ruido... entonces una imagen entra,
cruza los miembros, silenciosos, tensos,
y llega al corazón, donde allí muere.

De Poemas en prosa. Dedicatorias, Ediciones Linteo, Orense, 2009.
(Trad. Antonio Pau)

martes, 1 de febrero de 2011

JOSÉ EMILIO PACHECO. COMO LA LLUVIA

Estos son algunos de los poemas con los que jugué:

EL MAÑANA

A los veinte años nos dijeron: “Hay
Que sacrificarse por el Mañana”.

Y ofrendamos la vida en el altar
Del dios que nunca llega.

Me gustaría encontrarme ya al final
Con los viejos maestros de aquel tiempo.

Tendrían que decirme si de verdad
Todo este horror de ahora era el Mañana.

PÉNDULO

El obsesivo péndulo,
El tigre que da vueltas a la Nada.

No hay ninguna filosa oscilación
Que no tale un instante de la vida.

Pero sin su constancia y su impaciencia
Nunca hubiéramos sido.

No estaríamos
Aquí frente a su cuenta que se acorta.

MIS TRISTES CAPITANES

Desde su antiguo brillo todos se fueron apagando.

Los conocí en su altiva plenitud.
Más tarde sin quererlo comprobé
Cuán terrible se vuelve sin excepción
El final lento o rápido de todos.

Contra esto no hay ni puede haber resistencia.

Antes me preocupaba por la muerte.
Ahora sólo me importa cómo voy a morir.

lunes, 31 de enero de 2011

CRÓNICA. BAR CANTÁBRICO, VIERNES, 28 DE ENERO DE 2011

RESURRECCIÓN
Crónica por cortesía de Paperman

Bar Cantábrico. Gijón. 28 de enero de 2.011. Festividad de Santo Tomás de Aquino. Sobre las 21.00 horas.

Jugadores: Carlos ( Poesías Completas Kavafis), Juancho (El ojo de la mujer, Gioronda Belli), Ignatium Regis (Como la Lluvia, Pepe Milito Pacheco), Elena (trajo su presencia que no es poco), Alfredo (Textos de un disco que no apunte, D. Manuel Alcantára ), Bellamaria ( La Provincia d’ell uomo, Elias Canetti), Charly ( Poesía, D. Miguel de Cervantes); Paperman, (Lamentos del Sinai, Max Aub, Poesía de la edad de oro).

Partido amistoso. Tres cuartos de entrada, tiempo desapacible. Sed necia.

Hemos de comenzar esta crónica expresando nuestro deseo de que el gran Neiro, rapsoda oficial de estos eventos, se reponga del gravísimo ataque de acetona que le impidió acudir al partido. Afortunadamente, la medicina ha avanzado una barbaridad desde los años 70 del pasado siglo y enfermedades que se tenían por mortales o al menos como generadoras de graves secuelas hoy son tratadas satisfactoriamente. Así que vaya nuestro cariño allá donde te encuentras restableciéndote de penosa enfermedad, en el Mount Sinaí Hospital de Houston. Y hablando del Mount Sinaí, Paperman volvió a deleitarnos con su sabiduría y saber estar, intentando introducir un mínimo de sensibilidad en nuestras aturdidas molleras. No obstante, su intento fue vano y amén de no conseguir gol alguno, acabó regalando el libro a una espectadora, lo que de un lado motiva que no se pueda reproducir ninguna de sus sensacionales aportaciones y de otro, le ganó una tarjeta amarilla, pues si en primera división no puede un jugador despojarse de la elástica, al parecer en fútbol de poetas tampoco se puede deshacer uno del libro. Paperman fue involuntario protagonista de uno de los goles de la noche, justamente anotado por la Bella María que dirigiéndose al sujeto con desdén, le espetó “ Yo lo siento por tí, porque no tengas capacidad para apreciarlo”, lo cual situó a Paperman en su justo lugar, esto es pidiendo otra cerveza en la barra, y sirvió para que la Bela María anotase su único tanto, porque hemos de destacar el hecho de que harta de que no sea apreciada por la turba su extraordinaria sapiencia, aportó al match al gran Elias Canetti, sin traducir “ il mio desiderio piu grande e vedere un topo che mangia vivo un gatto. Prima, vero, dou relee anche giocandi ablastrazza a ungo” o algo así, que fue interpretado por el populacho como una declaración de amor de la Bellamaria a Desiderio, el cual tiene una prima que se llama ablastrazza y un gato que vive en la Manga, suponemos, que de Murcia. Dejemos pues a María con sus amoríos y centrémonos en Charly, su aportación al partido fue previsible, D. Miguel de Cervantes, Poesia, “yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo, quisiera despachar esta estafeta”. Francamente, creemos que si el propio autor es consciente de sus debilidades, no debiera Charly ensañarse con su memoria. Otro perdedor de la noche fue D. Juancho, que decidió traer a Dª Gioronda Belli, nuestro querido amigo de las colonias tiene a su disposición grandes autores con mas futbol en sus botas que Dª Gioronda, “Aunque a veces te sintás marchita, cerrada, envuelta en noche amarga, punzante tu centro”, .describe perfectamente el hecho de que D. Juancho no tuviese su noche, si bien con posterioridad intentase arreglarlo parloteando con notable éxito con un par de rubias. Carlos, aprobado, su apuesta no fue arriesgada, Kavafis, pero contra pronóstico, huyó de billetes de ida y vuelta con escalas interminables e intentó deslizarse por campos menos trillados, lo cual denota dos cosas, a) Que leyó el libro, lo que ya en sí constituye un éxito y b) Que tiene ganas de agradar a la parroquia, lo que le augura un futuro prometedor en el campeonato. Goleó Alfredo y lo hizo por partida doble ”No pensar nunca en la muerte, dejar irse las tardes, mirando como atardece. Ver toda la mar de frente y no estar triste por nada, mientras el sol se arrepiente y morirme de repente el día menos “pensao” (protestas de Charly) ese en el que pienso siempre”, constituyó el primero de sus tantos, el segundo vino dado por la tradición oral, un muchacho con síndrome de Down miraba fijamente la mar después de que una ola le hubiera volteado como a Manolete, Islero.. Un jesuita amigo de Alfredo, a la sazón monitor de la excursión se dirigió a él y le comentó el revolcón que le había dado la mar, a lo que replicó el niño, con los ojos clavados en el oceáno: ¡ Mírala, mírala fue esa!. En un momento dado del partido irrumpió en la cancha, D. Pepe Llana y Dª Rebeca que consiguieron un celebrado tanto al traer con ellos una pizza. Para acabar D. Ignatium no consiguió tanto alguno “el tigre que da vueltas a la nada” se convierte en metáfora de sus afanes, sin embargo, a pesar de su nula capacidad goleadora, D Ignatium se desvela por convocarnos, lee los libros, algo que Paperman considera como expresión de su nula confianza en la fortuna, sonríe y lo que es aun mas importante, siempre paga una ronda, así que como yo hago la crónica proclamo ganador del partido a D. Ingatium. Y sin gaviotas que giren, noches que abracen y demas parafernalia a la que estáis acostumbrados, me despido de vosotros. Ah!, eso sí: Y dos huevos duros.

lunes, 24 de enero de 2011

CONVOCATORIA

Viernes, 28 de enero, 21:00.
El Cantábrico, C/Muelle de Oriente 4, Gijón.


Fútbol de Poetas. Resurrección.
Lo dijo don Ignatium: Al parecer se empieza de cero en cuanto a autores y con el firme propósito de trasladarlo a la página web para actualizarla a menudo y llevar la contabilidad de goles y de participantes.