miércoles, 23 de junio de 2010

LUIS ENRIQUE BELMONTE. HAY QUE VADEAR CON CUIDADO EL PASO

Hacia dónde nos lleva
esta corriente silente, de agazapado fervor
por la erosión, por el desgaste de aquello
que no fue y sin embargo sigue siendo
bajo la alfombra de lo aparente y regular.
Cómo vibran los cristales, los delantales y los lápices,
cuando la corriente arrastra, a veces,
en la mitad de nuestra sombra, los sedimentos
de lejanos cadáveres, de desperdicios aliñados
con el desafecto del que renuncia, fragmentos
limados con aquel mondadientes
que alguna vez usamos
mientras soñábamos heroicas proezas, las más cálidas
promesas de suicidio o de amor.

Hay que vadear con cuidado el paso, en estos momentos
en que la corriente insinúa su voraz inclinación,
la resolución acústica de llevarse, entre sus piedras paleolíticas,
los restos del naufragio: aquellas ofrendas
que dejamos, sin darnos cuenta,
a un inasible dios que olvida; aquellos sermones
inútiles en medio de la borrachera, el llanto de un cangrejo
bajo el sol, entre las algas y el oleaje, el llanto
y sus múltiples modulaciones, la uña carcomida,
las cerillas encendidas, el amargo tabaco consumido.

De Inútil Registro, 1998.

jueves, 3 de junio de 2010

ANA ISTARÚ. BOLERO IRREPETIBLE

Hombres que amé,
los esplendentes hombres de los cines sombríos,
tormentosos o dulces,
los demonios garridos,
los de espléndidas crines,
los arcángeles tácitos
escoltando la noche,
bordeando como un sueño mi cuerpo humedecido,
hombres tiernos, nefastos,
portentosos, cobardes,
hombres castos (los tuve)
resguardando su fuego de mi pasión sin quicio,
los delgados, los altos, los altísimos,
los que tenían un dejo de avellana
en los hombros,
los feos
que tanto quise amar
como a los más hermosos,
buscando el tramo tibio detrás de sus rodillas,
el ángulo exquisito del tobillo
y sus entornos,
amores desvaídos,
amores elocuentes,
batallando exaltados al igual que San Jorge,
domeñando a mi madre,
el dragón crepitante.
Adónde fueron.
Y adónde fue mi madre.
Hombres que amé
con fe, con sed, con sinrazón,
con lucidez,
como un ciclón que encalla y es sólo desatino,
hombres que amé como nunca jamás,
y esa que soy y fui
y ya no seré nunca
está bailando ahora
perdida en un bolero irrepetible,
cargada de geranios,
de besos que no vuelven
como la línea dura de un astro que se astilla.
Esto fue amor. Lo firmo
con mi saliva y puño
en un vaso de acero en el que brindo.
Hay una colegiala, en algún sitio,
que baila hasta el cansancio.

De La Estación de Fiebre, 1983.