domingo, 6 de noviembre de 2016

STEFAN SWEIG. LA LUCHA POR LA FRATERNIDAD UNIVERSAL

[...] Y por primera vez vi al «enemigo». En Tarnów tropecé con el primer transporte de soldados rusos hechos prisioneros. Sentados en el suelo, permanecían encerrados en un gran cuadrilátero, fumando y charlando, vigilados por dos o tres docenas de soldados tiroleses de la milicia nacional, tirando a viejos, la mayoría con barba, que iban tan andrajosos y descuidados como los mismos prisioneros y poco se parecían a los soldados elegantes, bien afeitados y con lustrosos uniformes que aparecían en los periódicos ilustrados de nuestro país. Pero aquella vigilancia carecía en absoluto de un aire marcial o draconiano. Los prisioneros no mostraban deseo alguno de huir y los milicianos austríacos tampoco parecían inclinados a tomarse con demasiado rigor su misión de guardianes. Se sentaban con los prisioneros como buenos camaradas y como no se podían entender en sus respectivas lenguas, todos se divertían soberanamente. Intercambiaban cigarrillos, miradas y risas. Uno de los tiroleses acababa de sacar de una pringosa cartera las fotografías de su mujer y sus hijos y las mostraba a los «enemigos», que las admiraban por turno y, señalando con los dedos, preguntaban si tal o tal niño tenía tres o cuatro años. Me embargó la irresistible sensación de que aquellos hombres sencillos y primitivos comprendían mejor la guerra que nuestros escritores y catedráticos de universidad, a saber: como una desgracia que les había sobrevenido y contra la cual nada podían hacer, y por eso mismo, todo el que sufría aquel infortunio era como un hermano.

De El mundo de Ayer, Acantilado, Barcelona, 2011.
(Trad. Joan Fontcuberta Gel y Agata Orzeszek Sujak)