jueves, mayo 26, 2011

JOHN KEATS. CARTA A JOHN HAMILTON REYNOLDS

[(...) I was led into these thoughts, my dear Reynolds, by the beauty of the morning operating on a sense of Idleness - I have not read any books - the Morning said I was right - I had no idea but of the morning, and the thrush said I was right - seeming to say,]

O thou whose face hath felt the Winter's wind,
Whose eye has seen the snow-clouds hung in mist,
And the black elm-tops 'mong the freezing stars,
To thee the Spring will be a harvest-time.

O thou, whose only book has been the light
Of supreme darkness which thou feddest on
Night after night when Phoebus was away,
To thee the Spring shall be a triple morn.

O fret not after knowledge - I have none,
And yet my song comes native with the warmth.
O fret not after knowledge - I have none,

And yet the Evening listens. He who saddens
At thought of idleness cannot be idle,
And he's awake who thinks himself asleep.

John Keats, Excerpt from a letter to John Hamilton Reynolds, February 18th, 1818.

[De una carta a John Hamilton Reynolds, jueves 18 de febrero de 1818: «Me vi llevado a esos pensamientos, mi querido Reynolds, por la belleza de la mañana, que producía una sensación de pereza: no he leído ningún libro; la mañana dijo que estaba bien; no tenía otra idea sino la de la mañana, y el tordo dijo que yo tenía razón, pareciendo decir...»]

Tú, que el viento invernal has sentido en tu rostro
y has visto entre la niebla de las nubes de la nieve
y negros olmos entre estrellas ateridas:
para ti primavera será la temporada

de cosecha; tú, cuyo solo libro es la luz
de la suprema sombra de que te alimentaste,
noche tras noche, cuando estaba ausente Febo:
para ti primavera será una triple aurora.

No te inquiete el saber: yo no tengo ninguno,
pero mi canto surge, natural, al calor;
no te inquiete el saber: yo no tengo ninguno,

y el ocaso me escucha. Aquel que se entristece
al pensar en el ocio, no debe estar ocioso,
y está despierto aquel que se cree dormido.


(Trad. José María Valverde).

viernes, mayo 13, 2011

FRANCISCO UMBRAL. FRAGMENTO DE MORTAL Y ROSA

[...] Estoy viendo vivir a una esfericidad. Glúteo y culo son palabras que le van bien. Esa aglomeración de la ele y la u acentuada compone bien la elasticidad, la dureza de lo que se quiere sugerir. Estoy viendo vivir a una esfericidad. A veces ocurre que vas por la calle y la esfericidad se te pone delante. Ella va con su pantalón ceñido, generalmente rojo, y ni siquiera es necesario verle la cara para saber que la tiene adoradamente vulgar, con el pelo marrón corriente, los ojos grandes, pero no profundos, la nariz pequeña y la boca descarada. Una muchacha. Al principio, la esfericidad camina delante de nosotros, reparamos en ella varias veces, pero seguimos con nuestros pensamientos. Hasta que decidimos seguirla.

En la media tarde, solitario por la ciudad, como otras veces, estoy viendo vivir a una esfericidad. Esa aglomeración de eles y úes, esa elasticidad, esa manera de combarse y de vivir que tiene el cuerpo de la mujer. Naturalmente, no pienso acercarme a la muchacha, ni hablarle. Pasaron aquellos tiempos. Sería un mal negocio, por otra parte. De lo que se trata es de seguir sus pasos, de ver cómo va y cómo viene eso, como salta un poco dentro del pantalón. A la mujer que llevamos a nuestro lado no la vemos bien. La ven mejor los que van por la calle, los que se cruzan con nosotros, los que vienen detrás, sobre todo los que vienen detrás.

De modo que decido ser quien viene detrás. Esto es el arte por el arte, mirar por mirar, seguir por seguir. No tendría nada que decirle a la muchacha, salvo algunas imágenes literarias sobre sus esfericidades posteriores, y esto no iba a entenderlo. Quizá llamaría a un guardia, que tampoco iba a entenderlo.

El desinterés, el platonismo, la gracia de todo esto es que la siga un rato, que siga a esa esfericidad, que la vea subir escaleras mecánicas de grandes almacenes, doblarse por la mitad modelando el pantalón, apresurarse en los pasos de peatones, aparecer y desaparecer entre la gente. La esfericidad es perfecta, ni alta ni baja, más bien alta, en todo caso, con relación a la cintura, y más alta aún cuando salta un poco en los andares. La esfericidad es esférica, no alargada, no abombada, y está más cerca de la manzana que de la pera, como debe ser. Dos frescas mitades de manzanas, dijo el poeta.

Es la hora de la media tarde, la hora en que yo debiera estar viajando en ese cometa quieto que es el cóctel de cada atardecer, con su cola de luces y damas, de copas y risas, gozando de lo que llamaremos mi pequeña gloria literaria. O sea, lo que me corresponde, aquello a lo que tengo derecho. Uno ha trabajado, ha hecho unos libros, unos artículos, unas cosas. Uno ha tenido constancia, paciencia. Uno debiera estar ahora recaudando todo eso, recibiendo sonrisas, felicitaciones, parabienes, el beso húmedo y falso de la gloria, la copa venenosa de la fama, el picoteo malicioso de la popularidad. Uno ha sido tan estúpidamente paciente como para perder el tiempo y la vida en fabricar rectángulos impresos de grosor variable, nunca con más entidad que una caja de puros llena. Uno podría ir ahora por la vida repartiendo y recibiendo puros.

A la mierda con todo.

Uno está aquí, en mitad de la calle, en invierno, cuando cae la tarde en la ciudad, lejos de la dorada y lamentable galaxia que le corresponde, viendo vivir a una esfericidad. A lo mejor me compro un cucurucho de castañas, y el papel de periódico se calienta en mis manos con el calor de las castañas, y la tipografía atrasada y mentirosa se recrudece, y todo me huele a tinta impresa, que es al fin y al cabo el olor de mi vida, de mi trabajo, y las castañas asadas me huelen a infancia, que es mi única verdad.

Como castañas y me alegro cuando no me salen podridas o locas. Como castañas y voy detrás de la esfericidad, y atravesamos, la muchacha y yo, uno detrás del otro – procuro que ella ni siquiera me advierta -, almacenes, tiendas, escaleras, metros, calles, cafeterías. Sólo quiero ver una vez más el prodigio de una adolescencia que se redondea y canta, la vida nerviosa y dura, ese lujo innecesario de la vida que es el cuerpo de la mujer, de la niña, esa curvatura ociosa, perturbadora por gratuita, que tiene de pronto la criatura, un adorno, un asa de la naturaleza que no sirve para nada, que no contribuye a la marcha de las especies ni al comercio de las mercancías. Pero que va siendo una de las pocas verdades diarias y ciertas que atisbo en el disparate del vivir. Como castañas como otras veces voy con una barra de pan en la mano. Llevo un cucurucho de castañas en alto como algunos mediodías llevo el pan, la barra dorada en el día azul. Magritte, que era un surrealista modesto y genial, belga e iluminado, pintaba barras de pan voladoras por el cielo azul.

Me siento un Magritte, un personaje de Magritte, un cuadro de Magritte cuando voy con mi barra de pan a través del mediodía, como con una lanza de oro obrero para arremeter contra los gules del cielo. Vivo dentro de un cuadro de Magritte y soy el vecino que pasa, me fisgo a mí mismo en los escaparates y el pan que llevo en la mano me emparenta con el pan que iba a comprar en la infancia, porque el pan siempre es el mismo, y vuelvo a ser aquel chico que hacía recados. En lugar de la gloria literaria del mediodía, ir a comprar el pan y pasearlo por la calle, como se pasea un periódico doblado, porque la barra de pan es el periódico de la panadería y trae las últimas noticias de lo que pasa en la tahona. En lugar de la gloria literaria del atardecer, un duro de castañas y el ver venir a esa esfericidad, no porque yo haya renunciado a nada, ni porque hubiese nada a lo que renunciar, sino porque yo soy el hombre de la calle, el señor que pasa, ése que yo veía pasar de niño.

De niño, yo veía pasar a un señor tranquilo, en el atardecer, sin prisa, dueño de sí, y le envidiaba, y quería llegar a ser aquel señor, y creo que ya he llegado o estoy llegando. O sea, que todo consiste en lograr esa despreocupación, esa facundia, esa indiferencia, ese dejarse llevar por el oleaje manso de la ciudad en el anochecer, a ver qué pasa. Con una barra de pan en la mano, poniendo oro en el escudo del mediodía, o con un oscuro revoltijo de castañas en la noche, echando humo, me libero del gran error literario y estoy viviendo vivir a esa esfericidad.

Cruzamos luces, noches, esquinas, gentes, y esa doble esfericidad, o esfericidad partida por dos, según los momentos, tiene gracia, agilidad, nerviosismo, altura, juventud, optimismo y alegría. Es conveniente que el pantalón sea rojo, y que ella haya salido a cuerpo, a pesar del frío, y que el pantalón le esté ceñido, ajustado. Lo que le imagino cuando anda, y el movimiento selvático que le imagino cuando se detiene y reposa. En fin, lo demás lo hace la locomoción. Y la inmovilidad escultórica abundancia correcta y graciosa de la vida. Nada más que eso. No quisiera hablar con la muchacha, ya digo. Seguramente iba a decepcionarme, pero tampoco es por eso. Ni siquiera le he visto la cara, apenas. Sólo el perfil, en algún momento, el ojo bosquimano en el rabillo pintado. Aunque la chica fuera genial. Qué pena si fuera genial. Sólo quiero ver vivir dos masas de vida que cantan en libertad, gemelas, parejas, armónicas, imprevisibles.

Todo lo más, le haría a la niña las uñas de los pies. Y me pregunto si alguna vez le he hecho las uñas de lo pies a una mujer. No sé. Lo he vivido o lo he soñado. Lo he leído o lo he imaginado. Tomar sus pies blancos, de una materia pueril y saludable, hacer algo con aquellas uñas. Pintarlas, cortarlas, no sé.

Acariciar el pie, el pequeño animal, la bestia muda y breve, la alimaña graciosa con sus cinco armas breves. Sólo eso. Los pies de una muchacha, cuatro dedos como cuatro niños dormidos. Un dedo que se quiere más adulto y agresivo, un dedo efébico, con algo del torso desnudo de no sé qué adolescente. Y la coraza de la uña. Un pie de muchacha. Esta muchacha, su prisa, el momento en que desaparecerá de mi vista, para siempre, o el momento en que dejaré de seguirla, sin cansancio ni razón para ello. Qué bien, lejos de la astronomía convencional de las fiestas literarias. Qué lejos del que creen que soy, del que esperan, del que conocen, del que aman, del que odian. Qué bien lejos de mí, de ese en el que torpemente me he convertido. Cómo se aleja, cantando en rojo, esa esfericidad. Los surrealistas creían en el vagar por la ciudad y en el encuentro mágico de la mujer. A mí me basta con la mujer de espalda. Ni siquiera he necesitado verla de frente. Cómo se aleja, viviente y pugnaz, esa grupa de muchacha. [...]

De Mortal y Rosa, 1975.

lunes, mayo 02, 2011

PARADISISTAS

JOSÉ LUIS ARGÜELLES en La Nueva España


Borges intuyó en el orden y la promesa de los volúmenes de la biblioteca una posible imagen del paraíso. El símbolo y la metáfora podrían servirnos también para nombrar algunas librerías en las que somos bienaventurados y en donde encontramos, por seguir con el tropo, un nuevo jardín de las delicias. Paradiso, ahí mismo, en la calle de la Merced, número 28, es uno de esos espacios que el buen lector hace suyos nada más cruzar la amena puerta que conduce -y sigo con la literatura, como no podría ser de otro modo- a la gruta del tesoro. Paraíso o paradiso (Dante y Lezama Lima por el medio) que en este caso gijonés custodian desde hace tres décadas y media José Luis Álvarez y Chema Castañón, ángeles libreros a los que acabamos de conceder con toda justicia y merecimiento el premio «María Elvira Muñiz» a la promoción de la lectura.

Rara vez un librero -especie en extinción- se lleva los galardones que el mundo cultural reserva para escritores, periodistas, editores y demás gallos de la pluma. Y, sin embargo, son los grandes mediadores en el viaje de los textos; quienes trazan pistas para abrirnos un camino en la espesura de las novedades, donde es tan fácil perderse entre tanta hojarasca; los oficiantes, en fin, de esa maravillosa liturgia que consiste en poner un libro en las manos de alguien, conocido o desconocido. El noble oficio en el que José Luis Álvarez y Chema Castañón han insistido y persistido pese a que, como todos sabemos, corren malos tiempos no sólo para la lírica, también para la épica.

La aventura un tanto quijotesca, y por tanto extraordinaria, de «Paradiso» arrancó allá por el mes de abril (no siempre cruel, pese a que Eliot afirme lo contrario en memorable verso) de 1976, cuando la Transición política española era un albur de bastos y espadas. José Luis Álvarez, recién licenciado en Ciencias de la Información, decidió abrir una librería en Cimavilla, el barrio castizo de Gijón. No le tentaba demasiado el porvenir profesional que le ofrecía su titulación universitaria o el paso por un aserradero del que estuvo a punto de hacerse cargo. Lo que le gustaban eran los libros y los discos, las largas conversaciones con la profusa grey antifranquista (libertarios y la casi interminable fauna marxista: «peceros», troskistas, maoístas...) que oteaba el horizonte y deseaba un cambio de usos y costumbres.

Así, con la ayuda de un puñado de amigos, levantó la primera sede de Paradiso, en la calle Castro Romano, al lado del viejo y desaparecido cine Brisamar. Empezó solo y aún recuerda, treinta y cinco años después, que aquellos inicios fueron duros, como los de los sacerdocios más exigentes. A veces se sentía como un estilita en la roca solitaria del barrio alto, por donde no pasaba ni Dios. Por fortuna, también su fe movió montañas. El milagro fue la proyección en el recordado Brisamar de «La naranja mecánica», aquella profética película con la que el genial Kubrick, siguiendo la novela de Burgess, nos avisó de muchas cosas que llegarían poco después. Pues bien, el filme llevó a cientos de jóvenes hasta las cuestas de Cimavilla. Mientras hacían cola, curioseaban en el escaparate y en la librería. Allí había títulos que les interesaban.

Fue así como José Luis Álvarez se hizo una primera clientela, más bien ácrata y roja, conectada con el incipiente «underground» gijonés y asturiano. No en vano, el nombre de su establecimiento portaba un doble guiño: el mítico Paradiso de Amsterdam y las barrocas páginas por las que transita José Cemí, trasunto de Lezama. Para entonces, el fundador de la librería ya le había echado el ojo a Chema Castañón, hijo del escritor Luciano Castañón, un joven a punto de licenciarse en Filosofía y Letras que parecía llevar una biblioteca (el paraíso borgiano) en su bien amueblada y un tanto despeinada cabeza. Y, también, a un hermoso local de la calle de la Merced en el que los techos altos daban incluso para un singular altillo en el que poner más y más libros. La aventura se complicaba, crecía, se hacía más intensa.

José Luis Álvarez esperó a que Chema Castañón, su complementario, acabara el servicio militar y lo incorporó de mil amores a la nueva Paradiso, donde también hubo un hueco, a la entrada y a mano derecha, para los ejemplares de lance. Llegó a tener hasta cuatro empleados. El cierre de Musidora, los bulliciosos años ochenta, con tanto por escuchar y leer, además del movimiento «Xixón Sound» que vino después, hicieron de la librería uno de los paisajes sin los que es imposible entender, en toda su complejidad y profundidad, la foto más interesante de esta ciudad. Hay quien me ha dicho, sin que a mí me extrañe, que es una de las cosas que echa de menos cuando está fuera de Gijón.

Gran parte del éxito de esta librería, que ha resistido los embates de las grandes superficies comerciales y de algunos sellos libreros poderosos, está sin duda en la asociación Álvarez-Castañón, esa extraña pareja que ha sabido hacer de su plácida convivencia profesional un ejercicio de amistad y servicio a sus muchos y fieles clientes. Esto que digo parece un anuncio, o publicidad nada encubierta, pero es así. Junto a los desvaídos retratos de los maestros que nos miran desde las estanterías (de Machado a Rimbaud, de Kakfa a Cavafis) velan estos libreros la luz de Paradiso.